El contraste de vidas y poses ofrece una aterradora metáfora de la política española
EL DEBATE
ANTONIO R. NARANJO
01 jul. 2026
Se llamaba Isabel Fraga, era la hija del fundador de Alianza Popular y hace unos días saltó la noticia, arrinconada entre los tumultos del momento: había muerto, con 78 años, mientras atendía a enfermos de tuberculosis en Madagascar. Según las escasas crónicas publicadas, la hija de Manuel Fraga era médico, estaba jubilada, pero mantenía la costumbre de viajar con misiones religiosas a lugares muy complicados del mundo, a ayudar con discreción y desinterés lucrativo.
Comparen su caso con el de otras «hijas de» muy de actualidad, y también el trato que han recibido los progenitores de ambas. Las de Zapatero son dos zánganas que, sin pegar palo al agua, han facturado al menos un millón de euros gracias a papá, por trabajos que quizá no hicieron o en todo caso no valían eso. Todos sus clientes conocidos o por conocer las contrataron por ser hijas de quien son, y a la edad en que tantos otros chavales siguen en casa de sus padres ellas ya son propietarias de sendos pisos en zonas nobles de Madrid, probablemente sin hipoteca pendiente.
Se llaman Laura y Alba, y su padre ha sido tratado con benevolencia hasta ahora: llegó a la Presidencia tras el horrible atentado del 11-M, cometido por yihadistas aunque en su cabeza fue culpa de Aznar. Se mantuvo en ella recuperando la dialéctica guerracivilista, sembrando la discordia y el populismo y apostando por el asistencialismo como herramienta de control social y electoral. Y se marchó dejando un pufo del que aún no nos hemos recuperado, con la guinda de un déficit descomunal sobre el que mintió hasta que trascendió, ya con Rajoy en su puesto.
Todo en Zapatero fue una farsa, un horror o un error: iba de Bambi pero era el Lobo Feroz y, pese a ello, las urgencias privadas y públicas de Pedro Sánchez le resucitaron como leyenda progresista mientras, en realidad, era ya un agente comercial de las peores dictaduras, un vendedor de crecepelo para Venezuela, China y tal vez Guinea o Marruecos, que sepamos. Siempre parapetado en un disfraz de santón, de embajador humanitario, de hombre bueno, altruista y a veces incomprendido que intermedia desprendidamente para auxiliar a los más desfavorecidos.
Fraga estuvo con Franco, como tantos otros, pero fue uno de los siete padres de la Constitución, fundó Alianza Popular y fue tan decisivo como Santiago Carrillo, en la otra orilla, en integrar «su» España en una única España capaz de reconciliarse y remar junta hasta posiciones que nos convirtieron en una potencia europea. Todo lo que construyeron los políticos de la Transición ha sido perseguido y demolido por Zapatero y sus clones, entre los cuales figura el más siniestro de todos ellos, su sucesor en el PSOE, un bandolero alojado en el Estado de derecho que responde por Pedro Sánchez.
Fraga se murió con lo justo en el bolsillo, condenado al silencio, cuando no al oprobio, como si toda su trayectoria se resumiera en aquel pasado en el Régimen y no en su decisivo papel para integrar a la derecha más nostálgica en una vía democrática y crear el gran partido que, como el PSOE en su flanco, es el PP. Su hija, de vida discreta, acabó sus días ayudando a niños y enfermos de una enfermedad terrible, contagiosa y mortal.
El contraste entre las hijas también existe entre los padres, y plantea un problema de fondo: la dificultad de la derecha para reivindicar sus mejores obras, con las sombras inherentes siempre a la actividad pública; en contraste con la facilidad de la izquierda para elevar a la categoría de mito a inmorales sin escrúpulos, devotos de Caín y triperos contumaces. Isabel murió de tuberculosis; Alba y Laura, todo lo más, pueden cogerse un empacho en el Burger King. Pero el bueno era su papi.