Reloj de agua

El reloj duerme de pie en la mesa,
con un ojo abierto y otro hecho de niebla.
Late como un pez atrapado en vidrio
y cada segundo deja una escama en el aire.
 
El tiempo no camina: flota.
Se derrama por las paredes
como una pintura que nadie termina,
como una lluvia que cae hacia dentro.
 
Estoy sola,
pero la soledad no pesa:
se sienta a mi lado
y me presta su silencio.
 
Las horas se desatan los zapatos
y caminan descalzas por mi memoria.
Una se esconde en una taza de café,
otra se queda dormida en el respaldo de la silla.
 
El reloj me mira
con su boca redonda y sin palabras.
Quiere decirme algo
que solo se entiende cuando se sueña.
 
Entonces cierro los ojos
y el tiempo se vuelve blando,
como un pan recién horneado
que se parte con los dedos.
 
Paso los minutos uno a uno,
como si fueran monedas antiguas,
y en cada una descubro mi rostro
dibujado por alguien que fui.
 
La soledad me enseña a escuchar
el ruido que hace el mundo al respirar.
El reloj aprende a callar.
Y el tiempo, por un momento,
se queda conmigo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *