Pascua de Resurrección: el milagro de volver

Hay resurrecciones que no hacen ruido.

No llegan entre trompetas ni entre grandes prodigios visibles.
No siempre se anuncian con estruendo.
A veces suceden en lo más hondo del alma, en ese lugar secreto donde solo Dios entra, donde la vida parece haberse quedado en pausa y, sin embargo, sigue latiendo en silencio, esperando su momento.

Así he sentido yo esta Pascua de Resurrección.

Como un amanecer interior.
Como una caricia de Dios sobre zonas de mí que llevaban demasiado tiempo dormidas.
Como si la luz del sepulcro vacío hubiera venido también a alumbrar mis rincones más callados, esos donde a veces se guardan la ilusión, la belleza, la inspiración… y también las fuerzas que una cree haber perdido.

Porque no solo se nos rompen las cosas grandes.
También se nos apagan, casi sin darnos cuenta, esas pequeñas llamas que nos hacen ser quienes somos.

A veces la vida pesa.
Las circunstancias desgastan.
El alma se cansa.
Y sin querer, una va dejando a un lado lo que ama, lo que la nutre, lo que la conecta con su verdad más profunda.

Y eso me pasó, de algún modo, con la pintura.

No fue un adiós.
Pero sí un silencio.
Un paréntesis largo.
Una parte de mí que quedó detenida en algún lugar del tiempo, como si estuviera esperando a que algo —o Alguien— viniera a despertarla.

Y ha sido en Pascua cuando he comprendido que Dios también resucita esas cosas.

No solo resucita la esperanza en abstracto.
No solo nos habla del cielo futuro.
No solo vence la muerte al final de los tiempos.

Dios también entra en nuestras pequeñas muertes cotidianas.
En nuestras pausas.
En nuestros cansancios.
En lo que parecía apagado.
En lo que creíamos dejado atrás.

Y lo toca con su aliento.

Y entonces vuelve a la vida.

Eso he sentido al volver a coger los pinceles.

No ha sido solo recuperar una afición, ni retomar algo bonito que hacía tiempo que no hacía.
Ha sido algo mucho más hondo.
Ha sido volver a una parte muy verdadera de mí misma.
Ha sido reencontrarme con una voz interior que seguía ahí, aunque yo ya casi no la escuchara.

Y qué emoción descubrir que seguía viva.

Qué emoción sentir que las manos recuerdan, que el corazón responde, que el alma se ensancha, que la belleza sigue ahí, aguardando con paciencia, sin reproches, como hacen siempre las cosas que nacen de Dios.

Pero quizá lo más hermoso no ha sido solo volver a pintar.
Ha sido atreverme a salir al aire libre a hacerlo.

Salir con mis pinceles.
Salir con mis miedos.
Salir con mis dudas.
Salir con esa mezcla de pudor y valentía que da hacer algo tan íntimo delante del mundo.

Y, aun así, salir.

Eso también ha sido Pascua para mí.

Porque hay veces en las que el verdadero milagro no está solo en recuperar una pasión, sino en atreverte a abrir la puerta y volver a la vida con ella entre las manos.

Pintar al aire libre ha sido mucho más que una experiencia bonita.
Ha sido una pequeña victoria del alma.
Una forma de decirme a mí misma, casi sin palabras, que ya no quería seguir escondiendo lo que me hace bien, lo que me llena, lo que me devuelve la paz.

Ha sido respirar distinto.
Mirar la luz de otra manera.
Sentirme parte del cielo, de los árboles, del silencio, del instante.
Y comprender que cuando una crea desde el alma, también está rezando un poco.

Volver a pintar ha sido, para mí, una forma de resurrección.

Pero salir fuera a hacerlo…
ha sido casi como echar a volar.

Una piedra removida.
Un sepulcro abierto.
Una luz entrando despacio por una rendija que yo no sabía que seguía abierta.

Y quizá por eso esta Pascua me está tocando de una manera tan especial.

Porque la Resurrección de Cristo no la siento este año solo como un misterio sagrado que contemplo desde la fe, sino también como una verdad que me atraviesa la vida.

Cristo ha resucitado.
Y con Él, también algo en mí ha vuelto a levantarse.

Han resucitado las ganas.
La calma.
La inspiración.
La ternura con la que una vuelve a mirarse por dentro.
La valentía de empezar de nuevo.
Y también el coraje pequeño —pero inmenso— de salir al mundo con aquello que amo.

Y qué regalo descubrir que no era tarde.

Que no hay don pequeño cuando nace del alma.
Que no hay tiempo perdido cuando algo vuelve con verdad.
Que a veces Dios no nos devuelve exactamente lo que éramos, sino algo más bello:
la posibilidad de renacer siendo más conscientes, más libres y más agradecidas.

Eso es lo que siento ahora.

Que la Pascua me ha dado alas.
Que el Cristo resucitado me ha alentado en silencio.
Que, de alguna manera, me ha tomado de la mano para decirme:

“Vuelve a la vida.
Vuelve a la belleza.
Vuelve a crear.
Y no tengas miedo de salir.”

Y yo he vuelto.

He vuelto a los colores.
A la quietud de una tarde con pinceles.
A la emoción de enfrentarme de nuevo a un lienzo en blanco.
A esa forma tan íntima de rezar sin palabras que también tiene el arte.

Porque hay momentos en los que pintar no es solo pintar.
Es agradecer.
Es sanar.
Es respirar de nuevo.
Es dejar que la luz de Dios tome forma en nuestras manos.

Por eso hoy, en esta Pascua de Resurrección, doy gracias de una manera muy especial.

Gracias por Cristo vivo.
Gracias por la esperanza.
Gracias por la piedra removida.
Gracias por las pequeñas resurrecciones que nadie ve y, sin embargo, lo cambian todo.

Y gracias, también, por este milagro sencillo y precioso de haber vuelto a pintar…
y de haberme atrevido a salir al aire libre con mis pinceles, con mi verdad, con mi alma un poco más despierta.

Porque a veces Dios resucita el alma
no con estruendo,
sino con un soplo.

Y ese soplo, esta vez,
ha traído color, luz…
y alas.

**El cuadro de la portada está generado por IA

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