“¡Ay, qué vida tan amarga do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga, más pesada que el acero,
que muero porque no muero.”
¿Hasta cuándo dilatas esta espera,
Señor de mi existencia? este dolor de ansiarte, y no encontrar tu rostro bienamado más que en figuras, imágenes que evocan tu persona, y en símbolo mistéricos, donde ocultas la luz de tu presencia perceptible. Si haces temblar mi corazón llamándote, como me dice el salmo: “Oigo en mi corazón: buscad mi rostro”, y yo respondo al grito con otra exhalación apasionada: “Tu rostro buscaré en día y noche”, “. No te escondas en esa blanca Hostia que ponen en mis manos y miro sin sentirte. ¿Por qué te escondes tanto, si mi vida no tiene otro sentido que sentarme a tus pies, como María, dejarte que me expliques tu misterio, estrecharte con un total abrazo y gustar tu victoria fulgurante del maligno Enemigo? No me interesa el mundo y sus encantos, aunque sucumba a ellos por la tendencia triste de la carne. Libérame, benigno, de este peso que me hunde en la tiniebla. Deseo verme liberado, en cuerpo transfigurado, y hacer vida de ángeles, como tú, Señor, anunciaste a los saduceos de buena vida. Escucha el grito de los que deseamos tu venida para cerrar la Historia desquiciada de los que, necios, no te aceptan y rechazan la salvación que sólo Tú puedes darnos no te aceptan. ¡Señor Jesús, ven pronto!. ¡¡Maranatha!!!,