EL ESPAÑOL
Cristian Campos
04 marzo 2026
| . Pedro Sánchez cree haber encontrado por fin su clavo ardiendo. Sánchez contra Donald Trump. España contra el monstruo naranja. El palacio de La Moncloa como un Stalingrado de la resistencia global contra la ultraderecha. Si Zapatero llegó al gobierno a lomos del “no a la guerra” de Irak, Sánchez aspira ahora a un remake histórico de los lemas más infantiles de esa izquierda carpetovetónica que clama sobre Gaza, pero que no sabría señalarla sobre un mapa. Pero esta vez con Irán, con bases militares estadounidenses y con amenazas de ruptura comercial. La diferencia es que, en 2003, los españoles creían que las protestas callejeras podían cambiar nuestro país. ¡Pobres! En 2026, los españoles saben ya que la política ni siquiera es capaz de reducir el precio de la vivienda a niveles coherentes con los salarios españoles. En realidad, la política sí podría cambiar algunas cosas. Pero ningún político español, ninguno, está dispuesto a ceder el poder que se deriva de mantener a los españoles en niveles de supervivencia segundomundista. ¿Construir viviendas en España? ¡No! ¡Generaríamos una clase media que no dependería de nuestra caridad! ¿Dejar de saquear a las empresas y a los trabajadores? ¡No, porque con buenos salarios los españoles ya no competirían por las migajas que caen de nuestros bolsillos! ¿Dejar de okupar las instituciones con sicarios, pelotas y sujetacubatas? ¿Y tener una democracia funcional? ¡Nunca! Sánchez ha decidido poner todas sus esperanzas en el magnetismo electoral de un buen enemigo externo (Trump) al que él identifica con Vox y el PP. Cuenta para ello con la colaboración de los medios sanchistas, pero también con la de otros que no lo son, pero que no pueden evitar pedir las sales cada vez que Trump (o Ayuso: así de perdidos andan) aparece en televisión. “Entre Trump y Sánchez, Sánchez”, dicen, como si ambos tuvieran una influencia similar en la vida de los españoles. Yo les recomendaría hacer abstracción de Trump. A fin de cuentas, también él saldrá algún día de la Casa Blanca y ellos podrán respirar tranquilos, junto con los Nicolás Maduro y los Alí Jamenei del momento. Pero, sobre todo, les recomiendo NO hacer abstracción de quién es Sánchez y de a qué intereses sirve. Porque, desde luego, no es a los de los españoles. Pero ellos hacen lo contrario. Hacen abstracción de quién es Sánchez, y hablan de Trump como si fuera a ser eterno. ¿De verdad nos conviene enemistarnos, no con Trump, sino con Estados Unidos? ¿Dificultar sus operaciones a cambio de nada? ¿De verdad nos conviene alinearnos con Hamás, Venezuela, Irán y China en vez de con la UE? Trump le viene perfecto a Sánchez. Es caricaturesco, agresivo, teatral, imprevisible y, además, es el presidente de los Estados Unidos, algo que parece tocar nervio entre esa extrema izquierda española, heredera del antiamericanismo de americana de pana de los años 80. La de OTAN de entrada no, bases fuera, yanquis go home y todas esas chorradas que tanto parecen echar de menos algunos cuarentones prematuramente ancianos, como Gabriel Rufián. Trump es el antagonista ideal para un guion que ya está escrito: España como conciencia moral de Occidente, un líder progresista que planta cara al imperio y un país que vuelve a las calles indignado gritando “no a la guerra”. Sólo hay un problema: las encuestas no las escribe Netflix. Los sondeos llevan meses contando otra película. El PSOE encadena malos datos en prácticamente todas las encuestas: desplome en intención de voto, ventaja clara del PP, mayoría aplastante del bloque de la derecha y un espacio a la izquierda fragmentado, desmovilizado y harto de promesas épicas que luego se diluyen en peleas de corral. Las elecciones en Extremadura y Aragón han sido un auténtico batacazo socialista, con Sánchez perdiendo fuelle y el bloque de derechas en máximos históricos. No parece, precisamente, el punto de partida de un líder al borde de una gran remontada histórica, sino el de un presidente que busca desesperadamente cambiar de tema. Y ahí entra en escena Trump, el regalo inesperado. Bastó con que el presidente estadounidense amenazara a España con represalias y recortes para que en Moncloa se activara el modo nostalgia: resucitar el “no a la guerra”, invocar el trío de las Azores, Aznar, las armas de destrucción masiva y el terrorismo internacional. Algo especialmente cínico si se tiene en cuenta que el presidente que ahora presume de patriotismo es el mismo que ha vendido la soberanía española al mejor postor cada vez que ha necesitado aprobar en el Congreso alguna medida liberticida, autoritaria o inconstitucional. La puesta en escena de Sánchez, con gestos graves, ceño fruncido, apelaciones al Derecho internacional, tono de estadista sitiado y retórica pacifista de saldo parece diseñada para una sola cosa: forzar al español medio a revivir emocionalmente 2003, como si no hubieran pasado veintitrés años desde entonces. Pero han pasado. Y se notan. En 2003, la extrema izquierda española salió a la calle a decirle al Gobierno de Aznar “no en mi nombre”. No era toda la sociedad española, pero sí una parte especialmente ruidosa. En realidad, y conviene recordarlo, quien saco al PP del Gobierno no fueron esos pacifistas de salón, sino los terroristas de Atocha. Esos terroristas, convenientemente pastoreados por cierta nación vecina que pretendía vengarse de cierta afrenta reciente, les dijeron a los españoles “rendíos” y los españoles contestaron “claro”. En 2026, los españoles andan comparando ofertas de hipotecas, renegociando su alquiler o buscando un segundo empleo. El “no a la guerra” movilizaba entonces porque se sumaba a una sensación expansiva: todos éramos jóvenes, había margen de futuro, la UE era promesa y no burocracia, y eso del mundo nos quedaba a todos muy lejos. ¡Aislacionismo, autarquía y vuelo gallináceo! ¡Que les metan bombas a otros! Hoy, el país acumula década y media de golpes encadenados: crisis financiera, austeridad, pandemia, mentiras, inflación, inmigración masiva, delincuencia, okupación, guerra. El agotamiento y el odio a Pedro Sánchez son los sentimientos dominantes. Sánchez quiere un nuevo 11-M emocional, pero la sociología de hoy ya no responde a las mismas teclas. Aquellas manifestaciones eran la expresión de una ciudadanía que creía estar cambiando España. Hoy, muchos ciudadanos son conscientes de que en 2004 le vendieron España a intereses extranjeros y que Rabat no paga a traidores. El resultado de esa traición está a la vista. Es la España de hoy. A disfrutar de lo votado. Entonces, al otro lado de la colina “Echar al PP” había un paraíso. Hoy, echar o salvar a Sánchez se percibe, entre la izquierda, como dos formas de la misma precariedad. El intento de convertir la confrontación con Trump en columna vertebral de la política española tiene, además, un problema elemental de credibilidad. España es una potencia media. Y eso, siendo generosos. La idea de un Sánchez encabezando la “resistencia global” frente al imperialismo americano suena bien en ciertos entornos fanatizados de locas goyescas, con los ojos inyectados en sangre, que murmuran maldiciones contra Ayuso, que le hablan a la tele y que creen que Susan Sarandon es “una reina” por decir que el presidente es “alto y guapo”. Pero eso es sólo el 50 sombras de Grey de la izquierda. Una fantasía un poco cursi, un poco obscena y un poco cutre. 100% cateta. España depende del comercio y de la inversión de Estados Unidos, de la OTAN, y de la coordinación de inteligencia y militar con Washington y (lo siento) con Israel. No somos Cuba con sol y AVE, aunque muchos en España lo querrían. Somos un país endeudado, abierto, profundamente dependiente de las sinergias que Trump amenaza. Convertir esa vulnerabilidad real en teatrillo de resistencia es un ejercicio delicado. Sánchez cree que podrá presentarse ante sus votantes como el hombre que se plantó ante la superpotencia y le arrancó respeto. Pero le saldrá mal, y parecerá un abuelo chillándole a las nubes mientras el resto de la UE avanza y deja atrás a los españoles. Sánchez será el presidente que jugó con fuego geopolítico para intentar rascar tres puntos en las encuestas y acabó alimentando una crisis económica. No es exactamente la épica que pide la clase media española. Resulta especialmente irónico que todo este relato se vista de “dignidad nacional”. Es decir: se apela al orgullo de país para seguir gobernando de la mano de quienes quieren destruir el país. Terroristas, golpistas y desquiciados de la ideología. El mismo Gobierno que ha normalizado una política de bloques asfixiante, una polarización permanente y un continuo giro táctico, pretende ahora encarnar la serenidad moral frente a Trump. Y en esa pirueta, el riesgo no es que la gente no entienda el mensaje, sino que lo entienda demasiado bien. El votante medio anda demasiado saturado de “últimas batallas decisivas” como para emocionarse con otra. Cada ciclo electoral de la última década se ha vendido como un momento histórico definitivo. La nueva transición, la lucha contra la ultraderecha, el freno al fascismo, la defensa de la democracia. Ahora añadimos “la resistencia ante Trump”. Y los tecnoligarcas. No nos olvidemos de los tecnoligarcas. Mientras tanto… salarios estancados, precios disparados, servicios públicos tensionados y un Parlamento que funciona a golpe de debates grotescos. No es que a los españoles no les importe la geopolítica (en realidad, nunca les ha importado demasiado porque en España se vive demasiado bien del momio). Pero es que ya no se la creen como sustituta de la política cotidiana. El humor negro de todo esto es que, para que la estrategia de Sánchez funcionara, necesitaría algo que nadie en Moncloa se atrevería a confesar en voz alta: una escalada de tensión que elevara el miedo lo suficiente como para provocar un cierre de filas en torno al Gobierno. Es decir, que cuanto más cerca estemos de la III Guerra Mundial, mejor para Sánchez, al que le importan un rábano tanto los iraníes, como los gazatíes, como los españoles. Pero la esperanza es vana. Israel y Estados Unidos ya han ganado la guerra contra Irán y su dominio aéreo es absoluto, aunque Irán todavía tenga capacidad de hacer daño lanzando los últimos restos que quedan en sus almacenes contra blancos de oportunidad. Otra cosa es el cambio de régimen. Ahí los iraníes tendrán mucho que decir (y hacer) dentro de pocas semanas. Hay quien sostiene que la apuesta aún puede darles la vuelta a los sondeos. Que un par de golpes de efecto bien medidos pueden recuperar el clima emocional perdido. Yo no lo creo. Y si eso le funciona, entonces es que España es un país mucho más estúpido de lo que intuyo. Pero las encuestas dibujan otra realidad. La de un presidente desgastado y encerrado en su búnker de La Moncloa. España está mirando el extracto bancario. Y ahí el enemigo no es Trump, ni Vox, ni Elon Musk, ni Netanyahu, sino Pedro Sánchez. Sólo Pedro Sánchez. |