“JESUS BLEIBET MEINE FREUDE: (Bach. Cantata 147) (JESÚS, ALEGRÍA DE LOS HOMBRES).
“SÓLO DIOS BASTA” (Sta. Teresa)” “¡SOLO DIOS!” (San Rafael Arnaiz)
En una mañana de domingo, fría, nebulosa y con llovizna helada, de 1º de febrero, en una ciudad igualmente fría y cerrada, me tengo que volver a casa sin asistir a la misa dominical, ante la dificultad que representa mi estado y en que la silla eléctrica se moje, a pesar de la indumentaria para este tiempo inclemente, regreso al aparcamiento. Me conformo con escuchar estas prodigiosas cantatas de Bach, las 140 y 147.
Esta noche he soñado con mis dos queridos monasterios: El Paular y Silos. Una de esas extrañas «mezclas» oníricas que monta el sueño en el campo de la inconsciencia. No estaba en ninguno y estuve en los dos. Salía de mi celda para marcharme tras una estancia, y me encontraba con monjes de cara desconocida, pero conocidos. Y tomé café con ellos en un bar inmediato.
Todo ese batiburrillo de escenas, al despertar me suscitó con intensa fuerza el deseo de estar definitivamente en alguno de los dos monasterios, tan diferentes de aspecto pero tan llenos de misteriosa plenitud espiritual: Silos, con su insuperable claustro, sus columnas y capiteles románicos y sus impresionantes relieves, fuente de meditación contemplativa. Cualquiera de ellos produce sublimes impactos espirituales, en especial tres: primero, el de la Anunciación-Coronación de María, con esa majestad de la Madre de Dios, y el ángel, tan juvenil y reverencial. Y luego, el de Emaús: Jesús, todo Kyrios resucitado (con los ojos vacíos de la negra pupila de azabache arrancada siglos atrás), reconviniendo a los dos estupefactos discípulos su falta de fe en la ’necesidad’ de la Pasión (igual que me pasa a mí, que sigo sin, más que no entenderla, no admitirla). Y, por fin, el complejo relieve de la Pasión y Resurrección en una genial conjunción de imágenes. Y el ciprés asomando tras de los arcos de perfecta curvatura: ¡¡¡Qué prodigio!!!!.
Y, como contraste, El Paular: las extensas naves con bóvedas ojivales, todas de diseño diverso. Ahora, con las ventanas cerradas ‘por mor’ de los Carducho, pero si abres una puerta te vas al edículo donde rumorea el agua de la fuentes, acariciando con el sonido los restos de tantos amigos monjes, los del Padre Ilde, Mateo, ahora Eulogio y demás. Y dentro del recinto, la capilla misteriosa con la entrañable Piedad goticista, el enorme pañuelo en manos de María ante el cuerpo muerto de Jesús: silencio total, penumbra, paz, sosiego celestial… ¡¡¡El Cielo anticipado, Señor!!!!!. Tú, presente tras la puertecilla de esmaltes coloridos.
¡Claustros monásticos!!, antesala del Empíreo dantesco. Aquí no hace falta Beatriz, todo es Presencia invisible, con una «audivilidad» misteriosa que hace vibrar el aire y empapa el ser, el espíritu, el ánimo, el psiquismo: Todo lo que es persona y personalidad viviendo definitivamente en el ámbito divino.
Pero todo se esfuma, se sublima en una nostalgia de insufrible tristeza. Hay que levantarse y afrontar la rutina del día en soledad, porque todos los seres con los que puedo compartir a fondo estas vivencias se hallan lejos, a muchos kilómetros de distancia, y más aún en el ámbito inmaterial de la otra vida. Aquí sólo se hace presente algún afecto ciertamente sincero, pero insuficiente, trufado de mundanidad. “Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo”; y ese trasmundo ansiosamente deseado no acaba de serme concebido, aunque tampoco lo merezco, todo ha de ser como Gracia por el Señor de la Gracia y la plenitud.
“Ser o no ser, esta es la cuestión; morir …., quizá soñar”, clamaba Hamlet. Sueño, vivencia onírica que el subconsciente angustiado elabora en la tiniebla de la noche, soñando los infinitos claustros del mundo celestial, que ojalá Dios tenga la bondad de hacer perdurar en la eternidad extratemporal, para pasear, ya en gozo sereno, conversando en la compañía, junto al Rostro fascinante del Señor y Amigo que mi corazón anhela: “Oigo en mi corazón: Buscad mi Rostro. Tu Rostro buscaré, Seño;, no me escondas tu Rostro” (Salmo 26, 8).
Carlos María López-Fé Figueroa. 1 de febrero de 2026.