Allí estaban los dos, muy quietos, en la copa del árbol:
Roberto, redondo como una pelota de queso,
y Lucía, sujetando el enorme trozo lleno de agujeros.
El viento movía las hojas y el árbol crujía un poquito.
—Creo que estamos muy arriba —dijo Lucía mirando hacia abajo.
—Y yo creo que ya no quepo por los agujeros del queso —respondió Roberto, tocándose la barriga.
De pronto, una ardilla apareció saltando entre las ramas.
—¿Qué hacen un ratón-queso y una niña sentados en mi árbol? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Nos perdimos —dijeron los dos a la vez.
La ardilla se rió tanto que casi se cae de una rama.
—Yo conozco todos los caminos del jardín. Si prometen compartir ese queso, los ayudo a bajar.
Roberto miró el queso.
Lucía miró a Roberto.
Y los dos asintieron.
La ardilla bajó corriendo por el tronco y les enseñó un camino de ramas fuertes como escaleras. Lucía bajó despacio, abrazando el queso, y Roberto rodó detrás como una bola suave.
Cuando llegaron al suelo, Roberto dio un suspiro enorme.
—Jamás volveré a perderme en un queso… bueno, al menos no tan grande.
Lucía se sentó en la hierba y partió el queso en trozos.
—Entonces, ¿amigos?
—¡Amigos! —chilló Roberto feliz.
Y así, entre mordiscos, risas y nuevos planes, comenzó la historia más deliciosa del jardín:
la de Lucía, Roberto y el queso de mil agujeros.
Lucía y Roberto en el laberinto de queso gigante