LA VIVENCIA REDENTORA DE JESÚS ANTE SU RECHAZO
¿Cómo entendió y vivió Jesús su Pasión y muerte? Esta es la pregunta que se hace el escriturista jesuita Heinz Schürmann en un denso y original ensayo (Ed. española, Sígueme, Salamanca, 1982) en el que aporta la invención de un expresivo vocablo: La vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret tiene un sentido “proexistencial”. El prefijo lo dice todo: Jesús vivió y murió “pro”, “por nosotros”; es el ‘encargo’ o ‘misión’ encomendado por el Padre, como reiteradamente declaró a lo largo de su vida pública, tal como dice a los asombrados discípulos que traen los alimentos comprados en Sicar, mientras Él se quedaba junto al pozo de Jacob, donde tiene el encuentro con la mujer samaritana: (Jn 4, 34). Ante la extrañeza de los discípulos: “Le habrá traído alguien de comer?”, Jesús dice una de las frases fundamentales de su conciencia de sí mismo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Jn 4, 31-35)
Jesús «se la jugó» para redimirnos del pecado original y de los personales nuestros, diríamos con el refranero popular. Causa escalofrío contemplar a Jesús «avanzando» resueltamente hacia la situación que va a provocar su condena a muerte.
Porque, mirados con ojo humanamente «procesal» los acontecimientos que suceden en los días inmediatos a su Pasión, nos damos cuenta de que Jesús sabe las consecuencias de su comportamiento, sabe que la realización de los tres «signos», o milagros, que va a llevar a cabo, provocarán la final decisión del Sanedrín de «quitar de enmedio» a este atrevido sujeto, que, como afirmará Caifás, pone en riesgo todo el habilidoso «montaje» que han elaborado, con mentalidad básicamente farisaica, pero al que se unen los mundanales saduceos, para que el implacable poder de los ocupantes romanos les permita seguir manteniendo su cómodo «status» político-religioso.
Y Jesús avanza, sin rebajar un punto las «condiciones» de su decisión, de la «oferta» de un reino de Dios que nada tiene en común con el deseado por el poder religioso de personajes que encarnaban en aquel tiempo al histórico «Pueblo de Dios», y los terroristas zelotes. Su determinación es irrevocable, al caminar hacia Jerusalén hasta provocar el asombro temeroso de los discípulos. “Iban caminando, subiendo hacia Jerusalén: Jesús caminaba delante, mientras ellos caminaban sobrecogidos, siguiéndole medrosos” (Mc 10, 32). Son las mismas actitudes que provocará la última decisión de Jesús y su último milagro: resucitar a Lázaro, hecho que decidirá su condena, a instancias de Caifás, Sumo Sacerdote.
DECISIÓN IRREVOCABLE Y VIVENCIA ANGUSTIOSA
Desde el otro lado del Jordán, lejos de Jerusalén, Jesús deja morir a su amigo Lázaro, pero después de dos días dijo: “Vamos de nuevo a Judea”. Los discípulos tratan de disuadirlo: “Rabbí, los judíos te buscan para apedrearte, ¿y quieres volver allí?” Pero Jesús regresa y va a Betania, donde Lázaro lleva cuatro días enterrado. Él sabe que semejante signo va a colmar el odio de fariseos y saduceos, y determinará la decisión de matarlo; lo sabe pero no se arredra: ¡Es que para esto ha venido al mundo, a ofrecer la salvación, cueste lo que cueste! Ante decisión tan peligrosa, reacciona Tomás con un gesto de valiente adhesión: “Vamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 7-8, 16).
¿Acaso la vivencia de tan grave peligro es sentida por Jesús con la tranquila serenidad de quien se sabe inmortal? Ni mucho menos. La condición humana de Jesús se muestra desde mucho antes de modo evidente en un sentimiento de enorme angustia, que manifiesta abiertamente: “Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lc 12, 50). La angustia de Jesús ante su Pasión es un sentimiento del que no somos conscientes, pero que va creciendo hasta la «hora» de Getsemaní, cuando llega a pedir a los tres discípulos predilectos que oren con Él: “Tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan, comenzó a sentir pavor y angustia, y les dijo: <Siento una angustia mortal, quedaos aquí y velad conmigo>” (Mc 14 34).
REDENCIÓN DE CADA INDIVIDUO
Nadie ha descrito aquella vivencia angustiosa de Jesús, en la que se patentiza su humanidad, como Guardini en su magna obra “El Señor”, capítulo “Getsemaní”. Es la descripción escalofriante de un maestro fenomenólogo, que sobrecoge y absorbe el ánimo del lector y lo sumerge en la meditación de cuánto le hemos costado a Cristo, pues, tal como expresa San Pablo (y de él tomaba la frase el Venerable Manuel Aparici -Madrid, 1902-1964-), Jesús “me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). Su inmersión en el bautismo de sangre de la cruz, que predijo y provocó su angustia mortal, no fue un acto genérico aplicado abstractamente al colectivo humano, sino un acto real, individualizable, destinado a la salvación de cada persona. Y así se sigue aplicando cada día en la realización del misterio eucarístico: “Este es mi cuerpo.., este es el cáliz de mi sangre, que será entregado…, será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados” (palabras de la consagración de la Hostia y el Cáliz en la Santa Misa).
Pero la decisión de Jesús de entregarse a la muerte, donde se manifiesta definitivamente es en el mismo proceso ante el Sanedrín, al responder a la pregunta de Caifás en su papel de Sumo Sacerdote. A lo largo de su vida pública Jesús jamás se confiesa Hijo de Dios, utiliza la expresión “hijo del hombre”. Pero en el ilegal juicio del Sanedrín, en el que buscan testigos para condenarlo y a cuyas falsas acusaciones Jesús callaba, llega un momento en el que Caifás, como Sumo Sacerdote, le hace una pregunta decisiva sobre su identidad: “Te conjuro en nombre de Dios: ¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?”. Ahora sí contesta Jesús, lo hace ante el que reconoce como supremo representante del Pueblo de Dios, aunque se haya convertido en un sujeto infame: “Tú lo has dicho, y os digo que veréis al hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios y venir sobre las nubes del cielo” (Mt, 26, 63-66). La confesión de Jesús, que contiene el nombre de Dios, es calificada de blasfemia y, como tal, el Señor es condenado a muerte. Es la «jugada» radical y absoluta de Jesús, en el «ejercicio» consciente de su misión, del «encargo» recibido de su Padre.
AYER, HOY Y SIEMPRE
Estamos ante el complejo «acontecimiento» más decisivo de la Historia cósmica y humana: El Verbo intemporal de Dios, se hizo hombre, entró en el tiempo y “acampó entre nosotros” (Jn 1, 14) para arrancarnos de las garras del Maligno. La culminación de este drama, inimaginable por el entendimiento humano, es lo que re-vivimos cada año, y lo será hasta el fin de los tiempos, en el momento en el que, ya resucitado y constituido Señor y Rey eterno, vuelva Jesucristo a cerrar la Historia en la que quiso vivir.
Lo contemplamos cada año en la realidad de la liturgia sagrada y, como expresión plástica, en las imágenes ideadas por el genio de los artistas que veneraron la entrega más absoluta movida por el amor de Dios a su criatura predilecta, el ser humano. Es sobrecogedor sumergirse en estos misterios, y sorprende que pueda haber quienes, habiendo sido cristianos por el bautismo, con suicida inconsciencia se vuelven de espaldas al acto de su redención por Jesús en la cruz y se entregan a sus intrascendentes diversiones con talante contento y confiado.