CREO EN EL LIMBO (El «infierno» del «buenismo»). Reflexión filosófico-escatológica

La existencia del Limbo, como ámbito habitado por seres humanos que han muerto sin haber sido bautizados en el cristianismo católico (referido concretamente a los niños, en su mayoría muertos antes u tras el nacimiento), es un tema que está puesto en cuestión desde hace años, tras todas las «revoluciones teológicas» que originó el Concilio Vaticano II.

CONCEPTO PRIMITIVO

¿Qué era el Limbo, en el tiempo de la teología escatológica tradicional? Se consideraba un ámbito diferente del Cielo y el Infierno, “sin pena ni gloria”, tal como afirmaba el antiguo Catecismo. En el mismo habría dos tipos de «habitantes»:

1. Limbo de los Patriarcas, Donde se hallaban los justos del Antiguo Testamento que vivieron antes de la muerte redentora de Cristo, y que Éste habría libertado en el acto de su «bajada al infierno», inmediata a dicha muerte, tal como afirma el Credo católico en su integridad.

2. Limbo de los niños, El otro significado del término aludía al ámbito donde, primordial y más propiamente, se hallaban los niños que murieron sin bautizar, y extensible a personas que por su condición intelectual inferior a la normal no estaban en condiciones de profesar adecuadamente la fe.

Este segundo concepto es el que ha sido suprimido por el citado documento de la Autoridad Vaticana, pues el de los patriarcas desapareció por la acción liberadora de Cristo.

Las diatribas teológicas originadas por el Concilio Vaticano II, que ya se daban con anterioridad al mismo, han llevado a la conclusión de que el concepto de Limbo aplicado a los niños sin bautizar implica una visión restrictiva de la misericordia de Dios. Prueba de ello es que ya no aparece tal concepto en el fundamental Catecismo de la Iglesia Católica, editado el año 1992.

Concepto  renovado. Un documento de la Comisión Teológica Internacional, de 20 de abril de 2007, titulado “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin el bautismo” y aprobado por el Papa Benedicto XVI, ha eliminado el antiguo concepto.

En el citado documento vaticano se considera que estos niños y personas mentalmente incapaces alcanzan la salvación de modo misterioso que sólo conoce el mismo Dios en su infinita misericordia.

La consecuencia del cambio doctrinal es que para niños sin bautizar y personas mentalmente disminuidas se estima que hay un estado diferente. No significa que la salvación pueda ser alcanzada de otra forma. El hecho de que no haya salvación garantizada no significa la exclusión del Paraíso.

 No vamos a exponer estos nuevos conceptos porque no afectan a nuestra reflexión. Baste con la indicación del cambio experimentado por la teología escatológica.

APOSTASÍA CRECIENTE

¿Qué sentido tiene, pues, la titulación de estas reflexiones? ¿Qué ‘Limbo’ es ése, si el que se ha tenido como tal ha sido suprimido del tesoro de la fe?

Vivimos tiempo de fuerte contradicción y de indiferencia secularizadora, al que podemos aplicar las palabras con las que el sacerdote precristiano Matatías exhorta a sus hijos, conocidos como «Hermanos Macabeos», a luchar por la fidelidad a la Ley de Dios frente a la implantación en Judea de los principios del helenismo alejandrino por el rey Antíoco IV Epífanes: «Hoy triunfan la insolencia y el descaro; son tiempos de subversión y de ira”.

Ya en la homilía de su primera misa como Pontífice máximo, celebrada en la Capilla Sixtina, el 9 de mayo de 2025, el papa León XIV se lamentó del creciente abandono de la fe por parte de muchos creyentes, situación que ha vuelto a expresar en ocasiones más recientes. Es un hecho: muchos bautizados en la fe católica han o están abandonando esa fe. Han dejado de alimentarla con la lectura del Nuevo Testamento y viven en abandono de los sacramentos: llevan meses y aún años sin participar en la Santa Misa ni comulgan, ni   reciben la gracia de la reconciliación en el correspondiente sacramento. En términos exactos este comportamiento en el plano religioso cristiano, tiene una designación clásica: «apostasía«. Entre las formas que ha tomado esta deserción indica el Papa la «profesión» de hecho de antiguas herejías, como el arrianismo. Pero en muchos casos es que ni eso; es, simplemente, la dejación existencial de cuanto es vivencia de la expresión de la fe. No caben subterfugios lingüísticos.

Sin embargo, bastantes de ellos viven en actitud existencial inspirada en los principios del Evangelio. Son «buenas personas», profesionales y padres de familia conscientes, fieles en su matrimonio. Pero se los contempla moviéndose con total indiferencia, escepticismo dicen ellos, pero con abandono real de todo lo que hace referencia a la fe recibida en el bautismo. Un fraile dominico con buen sentido del humor dijo de éstos, en contraste con los cristianos que siguen fieles, ellos, más que «bautizados» son «pasados por agua«. Causa asombro verlos deambular por el mundo impertérritos y divertidos, sin referencia a la realidad de Dios que los sostiene en la existencia: “En Él nos movemos, existimos y somos”, dirá San Pablo a los atenienses para expresar su concepto de la vida humana (Hech 17, 28). Se comportan con un sentido de autosuficiencia y confianza en sus recursos, sin estimar necesaria referencia alguna trascendente. Viven con el sentido de la oferta diabólica a Eva en el Paraíso: “Seréis como dioses” (Gen 3, 4-5). Son los neoidólatras, dioses para sí mismos.  

FUNDAMENTO DE LA OPCIÓN DEFINITIVA: SALVACIÓN

Al tratar de esta cuestión, nos tropezamos con el fundamento sobre el que se sustenta: la salvación. Cielo, purgatorio, Infierno y limbo son temas referentes a la cuestión decisiva de la existencia humana: ser salvados. San Ignacio de Loyola, al comienzo de sus “Exercicios spirituales”, caloca como meditación inicial, «Principio y fundamento», la pregunta básica: «¿Para que está el hombree en el mundo?» Y responde: “Para amar y servir a Dios, y, mediante esto, salvar su alma”. Este lema puede impregnar muchas actividades de la vida corriente. Pero manteniéndola con ese sentido.

Nada más, y nada menos, claro. No hay otra cuestión más importante, más decisiva. Lo demás, el trabajo, la actividad política, social, artística, la diversión, etc., es simples «operación instrumental». No nos extendemos. Pero hay que preguntarse: ¿Qué es la «salvación», en qué consiste esencialmente? Dejemos a un lado todas las imaginaciones surgidas de la fantasía, del ansia de felicidad o de noticias elaboradas por la literatura. Vamos al grano, a lo nuclear: Según la fe judeocristiana, esta vida es provisoria, es «peregrinación», «camino entre dos «polos», al comienzo, nacemos y hacemos «carrera» tránsito por el mundo. Pero en definitiva no morimos, sino que, a través del paso terrible de la muerte, pasamos a otra existencia, que, se nos dice, es la definitiva, en la que el ser creado entra en una realidad intemporal. Ya no hay tiempo, es el “siempre, siempre” que se decían Teresa de Jesús niña y su hermano Rodrigo. Se afirma, igualmente, que esa realidad está habitada desde otro “siempre”, es decir, antes del tiempo, por un Ser sin origen que es “Luz sin tiniebla alguna”(1ª Jn 5, 5-7). al que llamamos Dios. Y si es tal cosa, ese Ser es la manifestación ilimitada de tres aspiraciones que, consciente o inconscientemente, son la «meta», el deseo capital del ser humano, para lo cual ha sido creado: la verdad, la belleza y el bien. Por tanto, la criatura viene de Dios y va a Dios.

La salvación, entonces, es, sustancialmente, “estar, vivir CON Dios”. Lo demás, lo de antes en la vida es (o debería ser) mero tránsito y medio instrumental en busca de ese Dios. Esto es lo que significa la frase ignaciana. El ser humano, criatura de Dios, nace para ir al encuentro con Dios. Y su destino, lo que da sentido a su existencia, es seguir viviendo para ese encuentro, no el regresar a la nada de la que fue sacado.

SITUACIÓN FINAL

¡Ah!, pero este ser está dotado de una cualidad fundamental: la libertad, mediante la cual orienta y dirige su existencia, que tiene su término temporal en la muerte biológica. Y es, precisamente, por esa cualidad por la que puede optar por mantenerse orientado hacia Dios, de cara a la Luz, o desarrollar su vida al margen de Dios, en una orientación que, en síntesis y mediante muy diversos modos, se orienta a sí mismo, a su “Yo”, con la pretensión de la autosuficiencia, de espaldas a la Luz. En resumen, el hombre puede pretender el «salvarse» el alcanzar la meta de la plenitud en verdad, belleza y bien por sí mismo.

Y, ¿cuándo se produce la «situación definitiva»? En el momento de la muerte biológica, que afecta a toda criatura. El modo y manera en que se realice la vida por el hombre y se recorra el camino entre los dos polos es una decisión que el ser humano adopta en el uso de su libertad: o de cara y «hacia» Dios, o, de espaldas al mismo Dios. Tal opción queda «sellada» de modo definitivo e inmodificable a partir de la muerte. Y es tal opción en la que el hombre va a permanecer para siempre, fuera del tiempo.

Mas la consecuencia es impresionante, y terrible. Si Dios es Luz (un término metafórico que significa la perfección absoluta en todos los aspectos condensados en esos tres rasgos, “verdad, belleza y bien”), a la espalda de Dios no hay más que tiniebla, ausencia de los tres aspectos de la felicidad, hay tan sólo mentira, fealdad y maldad. Esto es lo que significan las palabras de Jesús en el final de varias parábolas. Ser arrojado a las “tinieblas exteriores, donde sólo habrá llanto y rechinar de dientes”. Es la «condenación»: ser «condenado» a no ver ni vivir con Dios. Y en una condición espantosa, porque aquí, en este mundo no vemos a Dios ni a Cristo; vivimos en la oscuridad de la fe. Pero al morir se abrirá el conocimiento y sabremos lo que supone estar con o sin Dios. .

OTRO LIMBO: ¿UN INFIERNO SIN FUEGO?

Entre los rasgos de gran parte de la religiosidad actual se halla la tendencia a estimar la misericordia de Dios como el factor definitivo de la salvación. La sobreestima del amor como esencia divina lleva a muchos creyentes, y también teólogos a considerar que todas las personas se salvan. No hay condena, no hay infierno. 

Sin embargo, hay una frase no bíblica sino litúrgica. Se encuentra en el texto de la misa y es sobrecogedora. En la consagración del cáliz se repiten las palabras de Jesús en su última cena: “Este es el cáliz de mi sangre…., que será derramada por vosotros y por muchos…”  Este “POR MUCHOS” revela el carácter en parte excluyente de ese derramamiento de la sangre redentora de Cristo.

Mas, ¿quiénes quedan excluidos? ¿Es que el redentor los rechaza? Inimaginable, Pero la repuesta es muy sencilla: Los que se autoexcluyen al prescindir de Dios y de Cristo como sentido de su vida, y así permanecen hasta la muerte, son los que en cierto modo, han rechazado la fuerza redentora de esa divina sangre. Pensaron que se bastaban a sí mismos para alcanzar la felicidad eterna.

¿Y de las “buenas personas” qué va a ser? Aquí es donde me surge la idea de un limbo. Recurro al más famoso de los poetas para imaginarlo. El inmortal Dante, en el cuarto canto de su “Divina comedia”, nos introduce magistralmente en un ámbito sombrío, de nubes lleno, aunque sin fuego atormentador, poblado de seres que no recibieron las aguas del bautismo, aunque en su vida no cometieron pecado.  Mas no solo estos desdichados se lamentan con hondos suspiros. Lo que más nos interesa es cómo el vate florentino alude a otros habitantes de ese siniestro ámbito: son los que ya vivieron en el mundo cristiano, más actuaron sin amar a Dios; así los describe Dante en unos expresivos tercetos: “Si antes fueron ya del Cristianismo/, no amaron bien a Dios, según yo creo, y ¡ah!, de esos infelices soy yo mismo./ /Tal fue nuestro delito, y no más feo,/ y en castigo por él se nos ajusta/ vivir sin esperanza y con deseo”.Impresionante realidad el castigo que nos dice el genio dantesco. “Vivir sin esperanza y con deseo”. El saber ya de Dios, pero sin esperanza de alcanzarlo, es la consecuencia de haber vivido sin desearlo en esta vida terrenal.

Este es el Limbo al que también alude Dante en otros versos de su magna obra. Y en él me atrevo a creer, basado en la palabra de Jesús en varias de sus parábolas: Ser arrojado a las tinieblas exteriores, donde el vivir sólo es un rechinar de dientes.

Quiera la misericordia divina arrancar a estos infelices sabihondos del error en que se han sumergido, para poder entrar en la gloria del auténtico ser sabios, y no quedarse en las ilusas convicciones de la pretenciosa ciencia que ahora profesan, que los convierte en “ignorantes y necios” ante el Dios que han despreciado (Salmo 91, 7).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *