POLÍTICOS QUE AMAN LOS PROBLEMAS Y ODIAN LAS SOLUCIONES

Si hace poco hablaba aquí de la escasísima profesionalidad de la clase política, el agravamiento en Ceuta lo certifica: el Estado ha demostrado una pobre respuesta carente de credibilidad casi como un mero observador. Me atrevo a señalar que a ello puede contribuir esa creciente clase subsidiaria, sin experiencia relevante y muchas veces mediocre que ocupa puestos directivos públicos, desplazando a los funcionarios profesionales: su existencia está ligada a convivir con problemas y a hacer que resuelven. Una sociedad puede, es un decir, soportar estas ineficacias, pero no ante sucesos gravísimos como éste que no para de crecer.

Afortunadamente, la sociedad ceutí está aportando solidaridad y colaboración a raudales, lo que es motivo de orgullo como español: se alinea con otras situaciones en que la sociedad civil brilla en ciertas crisis y compensa carencias del sector público . Desde un punto de vista de competitividad internacional, la imagen de España se ha devaluado considerablemente. Esas calles de Ceuta llenas de personas haciendo colas impensables en una sociedad civilizada, con brechas para todos de seguridad, suciedad y salubridad, son inadmisibles.

De nuevo no se trata de señalar a tal o cual partido, sino de apuntar fórmulas que cabría bautizar como profesionales con dos prioridades, la seguridad nacional (y europea) junto a la recuperación de la vida cotidiana de los ceutíes, y una premisa, no buscar votos sino soluciones. Que entren en un territorio extranjero niños muy pequeños sin sus padres y desconociendo el idioma solo puede ser posible porque los progenitores participaron en ello esperando algún resultado futuro.

Tratar de llevar a ese colectivo a centros de acogida de menores en la península, lejos de sus familias, es una maniobra de falsa caridad que no se sostiene porque se pone en riesgo su propio desarrollo personal en un país extraño y con rasgos culturales radicalmente distintos. Si algún partido desease aplicar medidas de protección invocando la ley de turno, les recomendaría que destinaran esfuerzos y recursos a implantarlas en los países en cuestión, en este caso Marruecos, para que no se descapitalicen.

Para desmenuzar la problemática y tratar de encontrar soluciones, me atrevo a proponer cuatro fases (ver documento adjunto) con análisis y correcciones. No trato de tener la varita mágica sino de explorar enfoques profesionales alejados del ineficaz griterío político y tertuliano.

En suma, no hay soluciones mágicas para estos descomunales problemas. Tratemos de ser serenamente racionales eliminando discusiones sobre cuántos niños te envío o si soy/eres un facha o un demócrata, y en cambio abordemos responsablemente la identificación/ejecución de posibles salidas desde una perspectiva integral, cubriendo todos los grupos sociales involucrados, pero RÁPIDAMENTE porque la situación puede agravarse, sin olvidar que, además, España se juega mucho en ello.

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