Hay instituciones que no pertenecen a quienes las mandan, sino a quienes las han engrandecido con su sacrificio. La Guardia Civil no es un despacho en Madrid, ni una fotografía en un acto oficial, ni una medalla prendida sobre un uniforme impecable. La Guardia Civil es el barro, la sangre, las lágrimas y el silencio de miles de hombres y mujeres que, desde hace más de ciento ochenta años, han hecho del deber una forma de vida.
El verde del uniforme no se hereda con un nombramiento. Se gana cada madrugada, en cada carretera, en cada montaña, en cada costa, en cada pueblo olvidado y en cada frontera donde un guardia civil sabe que quizá no vuelva a casa. Ese uniforme lleva cosido un lema que no admite interpretaciones ni conveniencias: «El Honor es mi Divisa».
Mientras unos acuden a recepciones, cenas, actos protocolarios y ceremonias en las que suena el Himno de España, otros se juegan la vida en el Estrecho, en Barbate y en las costas andaluzas persiguiendo al narcotráfico. Mientras unos hablan de estrategia desde la comodidad de un despacho, otros recuerdan a quienes durante décadas combatieron a ETA en el País Vasco, soportando amenazas, escoltas, coches bomba, funerales y el miedo permanente de sus familias.
La historia de la Guardia Civil no se escribió con discursos. Se escribió con viudas, con huérfanos, con compañeros asesinados, con agentes destinados durante años en el País Vasco y en Cataluña soportando el odio por el simple hecho de servir a España. Se escribió con hombres y mujeres que jamás preguntaron quién gobernaba, sino dónde estaba el deber.
Por eso duele tanto comprobar cómo muchos guardias civiles sienten hoy que quienes deberían proteger su moral, defender sus condiciones y respaldar a quienes visten el uniforme están demasiado ocupados en la política, en las luchas internas o en preservar su propia posición.
La primera obligación de cualquier mando debería ser cuidar de su gente. Defender a quienes salen cada día a patrullar. Escuchar a sus familias. Dotarlos de medios suficientes. Reconocer sus sacrificios. Levantar su moral cuando las circunstancias son adversas. Porque una institución no se destruye solo cuando pierde efectivos; también se debilita cuando pierde el alma.
El honor no consiste en ocupar un cargo. Consiste en ser digno de él.
Cada decisión que aleja a la dirección de quienes patrullan las calles, los caminos y las costas supone una herida para el espíritu de la Benemérita. Cada gesto que hace pensar a un guardia civil que está solo erosiona el prestigio de una institución centenaria construida sobre el sacrificio de generaciones enteras.
España no puede olvidar a quienes lo dieron todo por ella. No puede olvidar a los caídos frente al terrorismo, a quienes luchan hoy contra el narcotráfico, a quienes pasan noches lejos de sus hijos, a quienes afrontan insultos, agresiones y riesgos con una profesionalidad ejemplar.
Ellos son la verdadera Guardia Civil.
No los despachos.
No los cargos.
No las fotografías.
La Guardia Civil pertenece a quienes mantienen vivo el honor con su conducta cotidiana, a quienes siguen creyendo que servir a España es un privilegio y una responsabilidad.
Ojalá quienes hoy ostentan la máxima responsabilidad recuerden que los empleos son pasajeros, pero el juicio de la historia permanece. Porque llegará un día en que no importarán las medallas recibidas ni los aplausos protocolarios. Solo quedará una pregunta:
¿Estuvieron a la altura de los hombres y mujeres que juraron dirigir?
La Guardia Civil merece dirigentes que inspiren, que protejan y que honren el legado recibido. Porque el verde de su uniforme representa siglos de estoicismo, sacrificio, tradición, pundonor y amor a España.
Y ese legado jamás debería verse empañado por nada que haga dudar a un solo guardia civil de que su Honor sigue siendo, de verdad, su única divisa.
A quienes hoy dirigen la Guardia Civil