Roberto y el laberinto de queso gigante

Había una vez un ratón llamado Roberto que vivía en una casa muy extraña: era un queso gigante. No era un queso cualquiera, ¡no señor!. Aquel queso era tan grande como una montaña y tenía mil agujeros, pasillos retorcidos, túneles secretos y esquinas que olían a merienda.
Roberto estaba feliz al principio.
—¡Vivo en el paraíso! —decía, paseando con su colita tiesa.
Pero un día, mientras buscaba un trocito más tierno para desayunar, se metió por un agujero nuevo… luego por otro… y luego por otro más. Cuando quiso volver, ya no sabía por dónde había venido.
—¿Este era el camino? ¿O aquel? ¿O aquel otro que huele a queso viejo? —chilló desesperado.
Dio vueltas y más vueltas hasta que se cansó tanto que se sentó a llorar. Y como tenía hambre y estaba rodeado de queso… empezó a morder.
Mordió por nervios.
Mordió por susto.
Mordió por rabia.
Y mordió tanto… que se puso redondo, redondísimo.
Tan redondo que, cuando intentó levantarse, rodó como una pelota por los túneles del queso:
—¡Rodorodorrooooodo! —gritaba mientras rebotaba contra las paredes.
En ese mismo momento apareció una niña curiosa que había encontrado aquel queso gigante en el jardín.
—¡Guau! ¡Un queso enorme! —dijo Lucía relamiéndose.
Lucía, lo levantó para llevárselo a casa, pero justo entonces Roberto salió rodando por un agujero.
—¡Un ratón queso-pelota! —gritó Lucía.
Del susto, Lucía dio un brinco tan grande que saltó con el queso en brazos y fue a caer en la copa de un árbol.
Allí quedaron los tres:
Lucía agarrando el queso,
el ratón redondo como una bola,
y el queso lleno de mordiscos.
Se miraron en silencio.
—¿Compartimos? —preguntó Roberto.
Lucía sonrió.
—Solo si me ayudas a bajar del árbol.
Y así, entre risas, mordiscos y rodadas, comenzó la amistad más rara del mundo:
la de una niña, un ratón y un queso gigante con mil agujeros.

(continuará)

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