El puente de papel

Clara vivía en una ciudad donde el invierno parecía eterno y las ventanas amanecían cubiertas de escarcha. Era poeta. No escribía para ser famosa ni para ganar premios: escribía para que el mundo doliera un poco menos.
Un día decidió apadrinar a un niño en África. Su nombre era Amani, que significaba «esperanza». Vivía en una aldea donde el sol se levantaba temprano y la tierra era roja como el fuego.
Clara le escribió su primera carta con manos temblorosas:
“Hola, Amani. No sé si mis palabras llegarán cansadas por el viaje, pero ojalá te abracen al abrir el sobre.”
Semanas después recibió la respuesta: un dibujo. Amani había pintado una casa, un árbol enorme y dos personas sonriendo bajo el mismo cielo.
Desde entonces, comenzaron a enviarse tesoros.
Clara mandaba poemas sobre la lluvia, los pájaros y los sueños.
Amani respondía con dibujos de jirafas, montañas y caminos largos que llevaban al horizonte.
Con cada carta, el mundo parecía más pequeño.
Clara escribía:
“Si pudiera, cruzaría el mar con mis palabras.”
Y Amani dibujaba un barco de colores navegando hacia una mujer que lo esperaba en la orilla.
Pasaron los años. Amani creció, y sus dibujos se llenaron de más detalles. Clara escribió su poema más importante, uno que hablaba de un puente invisible hecho de papel, tinta y cariño.
Y entonces decidió que ya no bastaba con escribirlo.
Cruzó el mar.
Cuando llegó a la aldea, el sol caía lento y dorado. Un joven la esperaba junto a un árbol enorme, sosteniendo una carpeta de dibujos.
—Clara —dijo Amani, sonriendo como en sus dibujos.
Ella lo abrazó con el corazón temblando.
—Amani —respondió—. Al fin crucé el puente.
Se sentaron bajo el árbol. Clara leyó sus poemas en voz alta. Amani le mostró cada dibujo guardado durante años.
Y comprendieron que la poesía no solo se escribe:
también se camina, se cruza, se abraza.
Desde aquel día, ya no enviaron más cartas.
Ahora escribían juntos, bajo el mismo cielo.

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