HE CONVIVIDO CON UN SANTO

Sobre la figura del Venerable Manuel Aparici, «padre» de los Cursillos de Cristiandad

¡Sí, he convivido, pero con un santo de altar!. Es sabido que en las primeras comunidades cristianas, se llamaban “santos” a cada miembro. El que da más abundantes testimonios de esta costumbre es el Apóstol Pablo. Son abundantes tales denominaciones en varias de sus cartas (Ej. “Pablo, siervo de Jesucristo.., a todos los amados de Dios, llamados santos” – Rom 1, 1, 7-). Más adelante el término se reservó para los discípulos que, por su virtud, fueron considerados miembros distinguidos de la condición cristiana, ante todo los mártires (este es el significado de la palabra ‘testigo’), y poco a poco los demás miembros que merecían ser recordados por su especial vivencia de a fe: doctores de la Iglesia, prelados insignes, grandes evangelizadores, etc. La declaración de santidad requería un proceso en el que se analizaba su vida y virtudes mediante el testimonio de personas que hubieran tenido un trato muy directo. Todo requería la aprobación del Papa, tras lo que recibían culto. Son los santos ‘canonizados’. Pues con uno de éstos, que se halla en  proceso, he tenido la gracia, el honor y la satisfacción de convivir y tratar cercanamente. Y va en «camino oficial de la santidad» de altar; está declarado «Venerable», primera titulación, primer «escalón» en el proceso de canonización.

UN ENAMORADO DE CRISTO

Pero, ¿quién es este «opositor» a la santidad  de altar’ ¿Cuál es su historial?. Pues estamos ante un prototipo de la que en otro tiempo se denominaba «apóstol», cualidad que vivió apasionadamente primero como seglar y seguidamente, como sacerdote. Y en ambos casos con un «sello» distintivo: su amor por Jesucristo.

Estamos hablando del madrileño Manuel Aparici Guijarro, nacido y fallecido en la capital de España, y entregado por completo al trabajo apostólico, a ganar almas para Cristo desde el momento de la que él llamó su conversión, entre los años1925 y el día de la Inmaculada, 8 de diciembre de 1927.

A partir de entonces su vida la consagra al apostolado entre los jóvenes, a las órdenes de la Jerarquía de la Iglesia. Supedita su carrera profesional, como funcionario del Cuerpo de Aduanas, hasta llevarle a renunciar al puesto de Director General del mismo para dedicarse a su trabajo como apóstol seglar de la Acción Católica.

Su carrera es meteórica. El año 1934 es nombrado Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica (JAC), que desempeña con absoluta entrega hasta 1941, año en que el Primado de España. arzobispo Pla y Deniel, le permitió cesar para hacerse sacerdote, su gran vocación. Ingresó en el seminario de Madrid, y amplió estudios en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde fue rector del Colegio mayor sacerdotal Jaime Balmes. Yo he podido escuchar al famoso sacerdote, periodista y escritor José María Javierre, que Aparici era el alma espiritual de aquella Universidad, en la que entonces se formó una generación de sacerdotes maduros del mayor prestigio en España y Roma. 

ORIGEN DE LOS CURSILLOS DE CRISTIANDAD

Ordenado sacerdote en 1947, don Manuel se entregó a organizar la gran peregrinación juvenil a Santiago de Compostela, del año 1948. Para formar jóvenes dirigentes de la misma creó los Cursillos de Adelantados de Peregrinos, que son el germen de los Cursillos de Cristiandad. Es entonces cuando Aparici recibió el calificativo y título de “Capitán de peregrinos”, al que nunca renunció y en línea de cuyo espíritu concibió la noción y espiritualidad del Ideal Peregrinante.

LOS CURSILLOS DE CRISTIANDAD EN ESPAÑA

En 1950 el Venerable Aparici fue nombrado Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica Española (JACE). Desde este puesto y a partir de 1954 impulsó la extensión de los Cursillos de Cristiandad, con el equipo de dirigentes del Consejo Superior de Acción Católica, como Miguel García de Madariaga, Salvador Sánchez Terán, Luis Ortiz Díaz (estos dos, más tarde ministros en el Gobierno del Presidente Suárez), Feliciano Román, Raimundo Rincón, Emiliano Martín Romero y otros.

Aparici, como Consiliario Nacional, envió a Mallorca, en enero de 1954, a Feliciano Román y otro, tal vez Raimundo Rincón, para que vivieran la experiencia del Cursillo y se trajeran a Madrid material y modos de organización. E inmediatamente comenzó el lanzamiento en la Península, para lo que formó personalmente a los dirigentes de Cursillos, con el concurso de los del Consejo Superior y los del Consejo Diocesano de Madrid. De este periodo puedo dar testimonio, pues hice el Cursillo 34 de España (todavía no se numeraban por diócesis) en la Casa de Ejercicios de Los Molinos, pueblo de la sierra de Guadarrama (Madrid). Recuerdo el nombre de uno de los más veteranos dirigentes, que fue profesor del mío, un chico boliviano, Cococho, de un entusiasmo enorme. Y también recuerdo un detalle de la ambientación. Estaba yo en la capilla de la Casa de Ejercicios y entró uno de los profesores para que me fuera a reunir con el numeroso grupo. Comprendí entonces que el estilo cursillista no era de carácter cotemplativo, sino de un dinamismo «contagioso». Se utilizaban canciones muy pegadizas, que han quedado hasta hoy, como la inmemorial “De colores se visten los campos en la primavera, etc.” Y el “DE COLORES”, se convirtió en el clásico lema cursillista. Y fue el carácter impactante y arrebatador del Venerable Aparici el que dio definitivo sello al Cursillo de Cristiandad, como forma de un encuentro con Cristo que marcara para siempre el espíritu y el corazón del cursillista.

UN SEMANARIO CON SENTIDO CRISTIANO

Otra de las grandes iniciatvas de Aparici, en la que me cupo participar, y calibrar la dimensión apostólica de su vida fu la del periodismo. Tras la breve vida del periodico La Flecha, en 1936 fundó Aparici un órgano periodístico de publicación semanal: SIGNO. En él, y bajo su dirección primero como Presidente y después como Consiliario de la Juventud de Acción Católica se analizaba la realidad pública con sentido de la doctrina social católica. Dada su condición de órgano del episcopado no sufrió supresión en la República ni más restricciones que las de la censura periodística durante la Dictadura de Franco. En los años 50 pude perticipar en su redacción. Nos reuníamos cada semana, los martes, para que se imprimiera el jueves o viernes en la sede del Consejo Superior de la JACE. En los consejos de redacción se trataban todos los asuntos, políticos, sociales  y religiosos. Había un director oficial, de acuerdo con la ley; recuerdo a Enrique Pastor Mateos. Pero el alma e inspirador fue Aparici hasta su retirada como Consiliario en1959. Por la redacción de SIGNO pasaron ilustres periodistas, como Hermida, Oneto y Fernández Pombo. SIGNO se mantuvo hasta los años 60. Y lanzó un número especial en honor de Aparici, al final de su existencia. Y es que nada que pudiera ser medio para el apostolado laical fue ajeno al espíritu de este batallador militante católico.

UN COLEGIO MAYOR PARA “HACER DIRIGENTES”

La pasión crística de Aparici y su ansia de almas de jóvenes entregados a Jesucristo que fueran apóstoles le llevó también, desde el Consejo Superior de la JACE, a otra iniciativa que perduró bastantes años: fundar un Colegio Mayor Universitario en el que se formaran, además de sus estudios académicos, jóvenes de espíritu apostólico. Lo inició en el curso 1954-55 y estuvo al principio situado en dos pisos del edificio 81 de la calle Atocha (Madrid), muy cerca del entonces cine Monumental, hoy convertido en auditorio sede de la orquesta sinfónica de la RTVE. Y puso el Colegio bajo el patronazgo del más excelso de los poetas hispanos, San Juan de la Cruz. También de esta trascendental idea puedo testificar, pues fui colegial del mismo y la vivencia de aquel ámbito marcó definitivamente mi espíritu con la entrega a Cristo y el afán por ganar almas para Él y estar a su servicio. Aún conservo la amistad de otros antiguos colegiales que convivieron conmigo, algunos famosos profesionales del periodismo, como Jesús Hermida y José Oneto. En una segunda época el Mayor se trasladó a un clalet de la colonia del Metropolitano, en la calle Amapolas        

ALMA DE CUÑO PAULINO (“Y todo esto, por mí”)

Toda mi actitud de servicio a Cristo y a su Iglesia se la debo a don Manuel. Mi contacto con el Venerable Aparici data del año 1953. En marzo de ese año impartió una tanda de Ejercicios Espirituales en la Casa Diocesana de Jaén, entonces situada en Baeza. Su acento y modo de expresarse eran apasionantes (un sacerdote amigo suyo, Consiliario de la Juventud Universitaria de Acción Católica (JUMAC), Miguel Benzo, dijo que la palabra de Aparici era una llama ardiente que prendía en las almas. Y es cierto. No olvidaré cómo desarrollaba las meditaciones de la Pasión de Cristo en los Ejercicios Espirituales. Los días dedicados a meditar la Pasión (una semana en los Ejercicios completos de un mes) hacía una exposición muy condensada, pero sin eliminar ningún pasaje. Y en cada meditación, a medida que exponía los terribles martirios y ultrajes sufridos por Jesús, introducía, a modo de «muletilla sagrada», una frase inspirada en la carta de san Pablo a los Gáltas: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20), que Don Manuel la resumía al decir: “Y TODO ESO, POR MÍ”. El impacto que provocaba en el espíritu esa breve frase era enorme; daba a la meditación una aplicación personal de esos sufrimientos del Señor que los hacía algo vivo, una relación existencial entre Cristo y el ejercitante. La frase quedó como grabada a fuego en mi corazón y cada vez que leo esos pasajes evangélicos vuelve a resonar en mi memoria.

LEMA DE INSPIRACIÓN JOÁNICA: “SITIO” (Dicho “Sicio”)

Pero la cualidad evangélica de Aparici no se quedaba en el que he llamado «cuño paulino». Él vivía la entrega a Cristo en su pasión por salvar almas con una profundidad que se sintetizaba en una sola palabra, ésta inspirada en el discípulo amado, Juan, que nos dejó un testimonio de su vivencia de la muerte de Jesús en la cruz. Es la palabra penúltima de las que el apóstol pone en boca de Jesús en sus último momentos: “Después de esto…, para que se cumpliera la escritura, dijo Jesús: <Tengo sed> (SITIO, en latín) (Ioh 19, 28). Esta sola palabra, en su forma latina de la Vulgata, fue el lema existencial del Venerable Aparici. Sed de almas, de jóvenes y de sacerdotes era la pasión que inundó su espíritu y su vida apostólica.

UN FINAL DE VÍCTIMA CRUCIFICADA

Aquella sed fue lo que hizo de su talante vital una víctima crucificada. Lo repite a menudo en las páginas de su diario íntimo. Y fue lo que le costó la vida de un modo absoluto y de la forma menos imaginable. No me cabe duda de que la entrega de Aparici a los Cursillos de Cristiandad fue de tal intensidad que le produjo su enfermedad cardíaca, que obligó a los médicos a prescribir una retirada total de toda actividad.

Una anécdota bien expresiva es muestra de cómo vivía aquella entrega. Supe, por el dirigente de Acción Católica que llevó a Aparici a Sevilla, José Ortíz Díaz, catedrático y también Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Hispalense (por encargo del entonces arzobispo coadjutor del cardenal Segura y cardenal después, don José María Bueno Monreal). Pues, como «detallito» del vivir el Cursillo por Aparici, me contó Ortiz que, alojado en su casa, la sirvienta que limpiaba habitaciones, dijo a su madre: “Señora, cuando he ido a arreglar el dormitorio del padre Aparici, me he encontrado con la cama hecha, y él no la ha arreglado”. En efecto, y es que don Manuel ¡dormía en el suelo!, era su penitencia por el fruto del Cursillo.

Pues el final de este santo no pudo ser más sobrecogedor para quienes convivimos con él. En la Liturgia de las Horas, Vísperas del común de mártires, hay un himno que contiene dos versos totalmente aplicables a Manuel Aparici: “Martirio es el vivir de cada día, si en gracia y con amor es aceptado”. Así vivió los cinco años finales de su vida este santo sacerdote, Capitán de Peregrinos y líder de la Acción Católica.  Retirado, por prescripción médica, de toda actividad como Consiliario Nacional de Acción Católica, permaneció sin salir a la calle en su austero piso del número 2 de la Plaza de la Opera madrileña, desde el año 1959 al de 1964. Como gracia del Señor estimo el último contacto que tuve con él cuando lo visité en su retiro, ya estando yo como profesional en Sevilla. En uno de los viajes a Madrid lo llamé y me dijo qie podía visitarlo. Devió ser en el año 1962 ó 63, no recuerdo la fecha exacta. Pero sí pude apreciar su paciencia como enfermo, y un detalle que no he olvidado. Tenía un corazón de amigo y había tenido muchos seguidores. Pues en aquel rato de intimidad expresó su soledad, el olvido en que muchos incondicionales habían caido. Me decía: “Sí, algunos vienen a verme, Alberto (Martín Artajo), Joaquín (Ruiz Jimenez), Feliciano (Román) y algunos otros, pero la mayoría ya no se acuerda”. Sentí como un pellizco de pena el martirio de su soledad, además de los dolores que la enfermedad le causaba.

Martirio de víctima por sus jóvenes y sacerdotes de aquel “Coloso de Cristo, de la Iglesia y del Papa”, como lo calificó el cardenal Herrera Oria, fundador y alma de la Asociación Católica de Propagandistas a la que también perteneció Aparici.

Martirio de la quietud e inmovilidad del incansable apóstol que infundía su dinamismo a los jóvenes.

Martirio del silencio a la voz que arrastraba con su palabra a un ideal peregrinante y cursillista.

Martirio del olvido al protagonista de una Peregrinación  juvenil histórica, la de 1948, a la tumba del apóstol Santiago y al impulsor del movimiento de Cursillos de Cristiandad, hoy extendido por todo el mundo.

Así, como víctima crucificada, realizó su vida y se santificó este inquieto, infatigable y apasionado por Jesucristo, el Venerable Manuel Aparici, hasta el día de fiesta de otro inquieto buscador de la Verdad, el insuperable obispo de Hipona, Agustín, un 28 de agosto de 1964. En ese día descansó el inquieto corazón de Manuel Aparici al sumergir su alma y su ser en el abrazo con el gran amor de su vida, Cristo resucitado. Quiera el Señor Jesús mover los hilos que eleven al altar de la santidad oficial de la Santa Iglesia a quien por ella entregó sin la menor reserva, como dice el refrán popular: “Alma.Vida y Corazón”. A él nos encomendamos cuantos tuvimos la gracia y la honra de experimentar su cercanía y su amistad para mantener vivo el ideal peregrinante en unos tiempos difíciles de secularización y anticristianismo. AMÉN.

Carlos Mª López-Fé Figueroa, cursillista del Cursillo 34 nacional (1954)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *